CUENTOS CORTOS Graciela Romero






CUENTOS CORTOS


Graciela Romero














INDICE

PROLOGO
LA ESCLAVA
EL GIGANTE
EMOCIÓN EN PRISIÓN
DETRÁS DE LA VENTANA       
LLAVES ÍNTIMAS
EL ANIMAL
EL HOMBRE NUEVO
PRESENCIA
MI SOL
TIEMPO ESCENCIAL
EL VUELO DE ANA
MACONDO
AFRICA






PROLOGO


Estos cuentos cortos son el resultado de una sostenida e intensa búsqueda interna. Si bien son producto de la imaginación de la autora, los hilos están anudados a  los registros internos de aquellas cosas incomprendidas de la vida,  todavía por descubrir. En todos ellos se plantea el develarse de una interioridad, que permanece misteriosamente oculta. En todos los escritos se intuye  una determinada  intencionalidad  lanzada al descubrimiento de aquello que todavía no se comprende de la propia vida.
Temas como la dependencia emotiva,  se manifiesta claramente en La esclava. La búsqueda de la subjetividad perdida se hace evidente en El gigante. Como así también los efectos que produce la represión de la emoción que graciosamente se expresa en Emoción en Prisión.  El amor en sus extrañas formas  está presente en Llaves intimas y Detrás de la Ventana muestra una imaginación rica que se desdobla de sí misma,  se mete por una ventana y se convierte en respuesta, utilizando el recurso de aquellos seres especiales que nos guían, nos cuidan y nos ayudan en nuestras búsquedas más profundas.  Hay que reconocer que en todos los cuentos hay un mensaje para quien lee. No dejes de buscar…..

 


LA ESCLAVA



La puerta se abre, un olor rancio se apodera de mí, dejo de respirar por la nariz para evitarlo. En el cuarto  pequeño, húmedo y oscuro, una mujer sentada en el suelo, inmóvil, arrinconada contra la pared, con la cabeza acurrucada en el pecho, deja ver su cuello femenino. Los cabellos largos, desordenados, le cubren el rostro y acarician el vestido hecho jirones. Debajo de los trapos se ven  sus piernas, sucias  pero bien torneadas. En su regazo, descansan sus manos, grandes, fuertes, manos de mujer.
En la penumbra, observo el cuarto detenidamente, los únicos muebles, dos sillas y una mesa vieja. Las paredes desnudas, descascaradas por el tiempo y el piso mal embaldosado, dan la sensación de un lugar muy antiguo. En el fondo, en alto, una pequeña ventana cerrada, deja pasar el único rayo de luz que ilumina la escena. En la oscuridad,  descubro una gruesa  cadena. Sigo detenidamente su recorrido, hasta encontrarme de nuevo con la mujer. ¡Esta encadenada! Como intuyendo mi descubrimiento, levanta la cabeza, y simultáneamente alza sus brazos, las mangas del vestido se deslizan, dejando ver su prisión. Su mirada se pierde en la nada, mientras un escalofrío me recorre el cuerpo. Cuando salgo del lugar, con las  sensaciones aun presentes, el guardián cierra cuidadosamente la puerta con una gigantesca llave.
-¿Porqué está en prisión?  - le pregunto-
-Creo que ha desobedecido a alguien. ¡Es una esclava muy caprichosa!
-¿Una esclava? - le pregunto asombrada -
-Sí, una esclava, ¿nunca ha visto una?
-Perdón, estamos en el siglo XXI, ya no existe la esclavitud, por lo menos en este sentido. - replico -
-¡Ah! Si, claro, pero eso que Ud. dice es en el  mundo real, en el mundo imaginario, si existe la esclavitud para los seres humanos, y es mucho peor, porque la gente está acá porque quiere.
-¿Cómo porque quiere?
-Sí, duermen  y hasta que no se despiertan, son esclavos de sí mismos.
No hay nada real, que les impida ser libres. Es más, han nacido libres, pero por un extraño mecanismo de sus conciencias, una parte de ellos, siempre termina en éstos lugares. Puede creerme, lo que le digo es verdad. Yo trabajo aquí desde hace mucho tiempo y  me alegro cada vez que alguien viene aquí por su libertad.
Las palabras del guardián, me parecen jeroglíficos sonoros. Caminamos en silencio por el largo pasillo, a cada paso, el mazo de llaves del guardián, compone una música tintinante. Mientras avanzamos, observo en cámara rápida, la seguidilla de pequeñas puertas que contienen los “prisioneros”.  Las imágenes se anudan en mi frente, me siento confundida y desorientada. Cuando llegamos a la salida,  saludo al  hombre, giro sobre mi misma y camino con paso acelerado.
La voz del guardián  me detiene en seco.
- ¿Volverá por aquí señorita? – Me pregunta -
Desande los pasos, con el “porqué” dibujado en el rostro.  - Entonces el hombre agregó-
-Muchacha, esa mujer que Ud. vino a visitar, es un ser que está relacionado con su vida, Ud. tiene algo que ver con ella, si no fuera así, no la hubiera dejado entrar, aquí no se permite el ingreso de “extraños”, solo aquellos que vienen a hacer “El trabajo”.
Cuando me precipitaba a contestar, en realidad a preguntar - dijo con tono benévolo -
- No diga nada señorita. Tómese un tiempo, piense con calma. Reflexione, repase su vida, sus sufrimientos, sus temores, sus ilusiones, sus fracasos sentimentales, sus creencias personales y las creencias de la época en que le toca vivir. Entonces,  descubrirá el verdadero motivo que la ha traído hasta aquí.
Atónita e inmóvil, vi al guardián entrar en la pequeña puerta que se cerró detrás de él. Mientras se alejaba, escuché el eco de sus  últimas palabras.  ¡Lo descubrirá! ¡Si Ud. quiere ser libre lo descubrirá!


Hace un calor insoportable, el empedrado de la calle, arde en las plantas de mis pies. El pueblito de casas blancas y bajas, parece desierto.
Tengo sed. En el fondo de la calle, en bajada veo un grupo de niños que juegan a la ronda. Acelero el paso y me dejo llevar para acercarme. Cuando estoy frente a ellos, interrumpen el juego y se dispersan. De una de las casas, aparece una mujer gorda, toma del brazo a uno de los niños y  lo reta en un extraño leguaje. El niño solloza. Ambos desaparecen detrás de la puerta blanca. Los demás chicos se alejan corriendo callejón abajo.
Me siento en el umbral de la casa, tratando de comprender.
- Hace calor señorita -  dice la voz -
Cuando levanto la cabeza, un hombre minuto y anciano, vestido de blanco, me ofrece una bota de agua.
- Tome un poco de agua señorita, no tenga miedo, por muy extraño que le parezca  este lugar, nada malo puede pasarle aquí.
- ¿Quién es Ud.? -  Le pregunto, mientras dirijo el chorro de agua fresca a mi boca -
- Mi nombre es  Leopoldo, soy “el viejo del pueblo”, tengo casi 107 años  y he visto muchos seres pasar por este paraje. Como Ud.  todos se sienten  confundidos. Es un lugar muy  tranquilo, casi olvidado por la mayoría de la  gente.  Cuando uno llega aquí, pierde la memoria, vive solo el presente, todo queda allá, en la entrada del pueblo. - Me indica  el horizonte con su mano temblorosa - Así que no se esfuerce por recordar ni entender nada. Si permanece aquí un tiempo, va a recobrar poco a poco su memoria y si quiere la puede ir acomodando de otra manera, la que a Ud. le parezca. Lo que esta  atrás, lo puede poner adelante y lo que está roto, lo puede reemplazar por algo nuevo. Tiene todo el tiempo que quiera. Eso sí, no se desespere, la ansiedad es su peor enemigo.
-Gracias por el agua – le digo -mientras le devuelvo la bota.-
 La  acomoda  en su cinturón y luego  hurga en su bolso de cuero, produciendo un  ruido metálico. En su rostro arrugado, se dibuja una expresión de alegría, casi infantil. Siento su mirada buena entrar en la mía. Me da una llave. La recibo sin preguntar nada. Me saluda tocándose el sombrero de paja, sonríe  y se aleja callejón arriba.
En mi memoria vacía, aparecen tímidas hebras de recuerdos y sensaciones. Me doy cuenta que mi pasado, está contaminado por la ansiedad  y por el temor. Las palabras del anciano, resuenan en mi  “Por muy extraño que le parezca este lugar, nada malo puede pasarle aquí”. Una confianza desconocida, me llena el pecho de aire.


El guardián me saluda como a una vieja amiga. Me acompaña hasta la puerta de la celda, abre la cerradura con su manojo musical y se aleja sin decir palabra.
Ella está allí, en el mismo lugar y en la misma posición. Cierro cuidadosamente la puerta. Me quedo inmóvil en la oscuridad, esperando que aparezcan las imágenes. Me acerco despacio a la silla y me siento. Pongo  la llave  en el centro de la mesa. No sé qué decirle, ni qué es lo que tengo que hacer, lo único que sé, es que esa llave, abre la cerradura de su prisión.
- ¡Ayúdame! - le pido -
La mujer levanta lentamente la cabeza. En la penumbra, veo su rostro sufriente. Sus ojos destellan haces húmedos de luz.
¿Tu quieres salir de aquí, verdad? - Le pregunto-
Pesadamente, se levanta del suelo, la gruesa cadena la sigue. Se sienta frente a mí y empieza a hablar en una lengua incomprensible. Su tono  lánguido y doloroso, se convierte en ira y rabia. Su mirada me atraviesa. Gesticula y golpea la mesa  con las manos unidas. El eco metálico retumba en todo el edificio. Las lágrimas corren copiosas por su cara. No entiendo sus palabras, pero sí su sentimiento. Cierro los ojos. La escucho. Su lenguaje se va convirtiendo en imágenes nítidas de mi propia vida. La gran  injusticia, el abandono, el dolor, la pérdida, las heridas recientes, que todavía sangran. Cuando termina, exhausta,  emite un suspiro profundo y liberador. Se queda en silencio mirándome. Comprendo que es  mi turno.
“ Yo también he sufrido mucho, pero ahora comprendo que una buena parte  de ese sufrimiento, es una manera de interpretar las relaciones  y los  afectos. Mi  mirada estuvo siempre puesta en recibir amor. Aun cuando daba lo mejor de mí,  la intención profunda que me movía, era recibir, y puntualmente cuando no veía colmadas mis expectativas, aparecían  reproches y  exigencias que se convertían en degradación y lucha contra  los seres que decía tanto amar. Es duro descubrir que jamás he amado realmente a nadie,  y es aun más duro, descubrir el motivo de ese desamor: “No me amo lo suficiente  a mí misma” e intento llenar ese vació, ese centro, con otros seres, exigiéndoles a ellos algo que yo  no sé  hacer. Dar desinteresadamente, amar”.
La mujer baja la mirada como avergonzada y acurruca la cabeza entre sus brazos. Ella tampoco entiende mis palabras, pero sé que mis sentimientos y mis emociones se convierten en  imágenes de su propia vida.
 Caigo en cuenta que el   reconocimiento es penoso, pero es la única vía no-falsa hacia la libertad. 
Seca sus lágrimas con la manga del vestido y nuevamente levanta la cabeza. Yo  sigo hablando. 
“Sabes, quiero  aprender a amar y a dar de verdad. La fórmula  es dar lo que uno necesita, si pido afecto o amor,  tengo que aprender a  darlo, si pido confianza, tengo que confiar en el otro, si espero tolerancia y comprensión de parte de los demás, tengo que ser tolerante y comprensiva. Entonces, empezaré por mi misma. Aprenderé a valorar  mis cualidades y mis virtudes. Quiero ocupar mi propio centro, quiero no necesitar, el amor ni la aprobación  de otros, para sentirme plena; pero si  quiero darlo a otros  para sentirme completa. Quiero amarme incondicionalmente  antes que a nadie. Trabajaré la imagen de mí  con atención y cuidado. Y cada vez que “me descubra” esperando algo,  cada vez que sufra, cada vez que “necesite dolorosamente” a alguien, cada vez que degrade a otro ser humano porque no hace lo que Yo quiero,  sabré que eso no es amor.  Entonces…   cerraré los ojos, e imaginaré que me doy a mí misma, el abrazo más cálido y afectuoso que se puede dar a un ser humano.”
Un largo  silencio inunda la pequeña  habitación. Trenes de imágenes  con nuestras vidas,  nuestros errores y   nuestras   aspiraciones  más profundas se mezclan en el espacio.   Las lágrimas corren mudas por mi cara. El rayo de luz que proviene de la ventana,  ilumina la llave en el centro de la mesa. Nuestras miradas húmedas convergen. Sus ojos brillan, su cara recobra la fuerza de la expresión  y una sonrisa buena,  se dibuja en su boca. Excitada como una niña,  apoya con determinación,  los brazos en la mesa. Tomo la llave y abro la cerradura, liberando sus puños. Me quedo esperando su reacción. Cierra los ojos y pausadamente se pone de pie. Yo la imito. Levanta  la  cabeza y con un gesto amplio y redondo, como una bailarina clásica, extiende sus brazos, construyendo desde lo alto,  un círculo perfecto. De su pecho, surge una luz blanca, que sube  y se expande hasta abarcarlo todo. Una vibración ondulante, me recorre el  cuerpo. Adentro de la luz, veo su figura, ráfagas de viento, agitan los jirones del  vestido trasparente. Avanza hacia mí, su cercanía me desata fuertes descargas. Ya no puedo verla. Siento la tibieza de su ser penetrar en mi espacio interno. Me entrego sin temor, a un placer inconmensurable.


Mientras me dirijo a la salida del pueblo, experimento una gran energía y  una tibia sensación  de paz y  alegría. El viejo Leopoldo, está sentado en su silla con su sombreo de paja. Me acerco y me siento en el umbral junto a él. Pasamos un largo rato en silencio, escuchando el piar de los pájaros. Cuando levanta su sombrero,  sus ojos sabios me alcanzan.
- Hoy una mujer, ha conseguido la unidad. –dijo- No vuelvas a oprimirla. Si lo haces, de nuevo sufrirás, relegando tu energía mejor a las profundidades y a  los oscuros abismos. Amar es Dar, no lo olvides.  Ahora recoge tu vieja memoria  y  regresa a tu mundo. Haz con ella, lo que quieras - me indica una montaña de arena blanca frente a la salida. Hundo mi mano en el polvo fino y extraigo un puñado abundante.  Una fuerte ráfaga de viento, me ayuda a decidir. Abro la mano y mi pasado se volatiliza en un espiral ascendente, hasta desaparecer en el cielo azul. Me dirijo hacia el portón. Antes de atravesarlo, me doy vuelta para saludar al viejo Leopoldo. Siento un profundo agradecimiento.
- Adiós Leopoldo, gracias por tu ayuda.
Cuando atravieso el portón, la descarga de un potente destello me impide ver, parpadeo varias veces, hasta recuperar algunos pedazos de realidad.
Camino junto a otras personas, en una gran explanada. Todos llevan bolsos de mano y pequeñas valijas. Un autobús, nos está esperando. Por el alto parlante, una voz femenina anuncia.
Damos la bienvenida, a los pasajeros del vuelo 357, proveniente de la ciudad de Milán, les deseamos, una maravillosa estadía en nuestro país.










 

EL GIGANTE


Los obreros trabajan de prisa montando los andamios. Terminada la operación, unas 20 personas vestidas de blanco con tarros de pintura y pinceles se disponen en distintos niveles de la estructura. Empiezan a pintar. Con el transcurrir del tiempo aparecen los primeros trazos de la obra, pareciera ser una cabeza humana. Si, es el rostro de un hombre joven. La imagen gigantesca brota lentamente del muro, cabellos castaños, ojos claros, labios carnosos, nariz recta y mentón redondo. En la frente los pintores dejan un rectángulo negro que abarca también sus ojos que resaltan como  un gato en la oscuridad.
Pienso que se trata de una publicidad. La imagen es perfecta, casi real. Cuando los pintores bajan de los andamios, llegan dos inmensos camiones equipados con cámaras de televisión y materiales eléctricos. Se elevan en una grande grúa, conectan cables e instalan lámparas alrededor de la imagen. Al encenderse las luces de prueba, los gritos de los obreros dan el OK. Frenéticamente desmontan los andamios y en un extraordinario trabajo de equipo, cargan todo en un camión, y  se alejan guiados por dos patrulleros con ruidosas sirenas.  
Es el atardecer, el publico curioso que durante toda la tarde, se detenía solo unos instantes, ahora ocupa toda la calle y la vereda, han desviado el tráfico. Los vecinos de los edificios instalados en los balcones esperan “el espectáculo”.
A las 21.00 en punto se encienden las luces rojas de las cámaras de TV ubicadas en la grúa  frente al gigante. En el rectángulo oscuro aparece proyectado un punto luminoso. La expresión del gigante cobra vida. De la multitud se siente una ovación. No sé cómo es posible todo esto. La proyección asciende a gran velocidad en un espacio poblado de estrellas, orientándose hacia un punto que parece ser el destino del viaje. El efecto del zoom es increíble, de pronto la pantalla se aclara y aparecen en ella imágenes. Las escenas se suceden a gran velocidad, algunas alegres, positivas, otras tristes y trágicas, una  música frenética acompaña las imágenes mientras la expresión del gigante pintado en la pared reacciona a cada escena. ¿Cómo es posible que una imagen plana cobre vida? No me lo  puedo explicar!. Nuestro pobre amigo no puede controlar la proyección, los técnicos con sus cámaras eligen por él! La gigantesca expresión de sufrimiento me conmueve, tiene el rostro desfigurado, la contracción de su cara desprende  pedazos de revoque. De sus ojos húmedos, se deslizan dos lagrimones inmensos, que le atraviesan el rostro precipitando en el vacío. Abajo en la muchedumbre se produce una gran confusión.
El parloteo se hace intenso, la gente se altera y empiezan a sentirse los primeros gritos entre él público. Los insultos se dirigen a los técnicos. Las acusaciones se convierten en proyectiles, piedras y objetos de todo tipo lanzados con rabia contra  los técnicos que se esconden en el pequeño recinto de la grúa. 
- Hijos de puta déjenlo en paz! Ya no se puede vivir ni siquiera pintado en la pared!
El gigante trata de liberarse del muro en el que está prisionero. La tensión crece. Caen pedazos de ladrillos y algunas lámparas quedan colgando. La gente asustada, grita y se dispersa. Un inmenso  brazo brota de la pared, alcanza la grúa y  aferra la cámara de televisión. Los técnicos bajan aterrorizados por las escaleras metálicas.  En el  centro de la ciudad retumba una voz grave  y profunda que dice -- Ya basta! Devuélvanme mi subjetividad!  


Las imágenes se interrumpen. El Gigante recobra su imagen plana. Se apagan las luces, los técnicos desaparecen entre la muchedumbre. La gente se dispersa murmurando; las ventanas de los balcones se cierran; el tráfico circula libremente.
Me quedo sentado en la vereda  de enfrente, observando al gigante pintado en la pared.  Reflexiono. A mí también me pasa como al gigante; En mi cabeza se suceden infinidad de imágenes que no puedo controlar y ellas me producen estados de ánimo que tampoco puedo controlar. Dónde están los técnicos que me proyectan el sufrimiento?  O acaso soy  “yo” el técnico despiadado de mi mismo? Las películas de donde provienen?

La brisa fresca con olor a lluvia entra por la ventana. Las sensaciones se acercan tímidas a mi cuerpo, abro los ojos, me siento en la cama y quedo detenido allí unos instantes. Es una mañana de verano espléndida, tengo mucho que aprender pero  ya nada volverá a ser como antes! 








 

 

 

 

 

 

EMOCIÓN  EN PRISIÓN



Los primeros años de vida fueron extraordinarios, ricos de aventuras y descubrimientos... Con gran coraje, se lanzaba hacia espacios desconocidos, encendía soles, empujaba planetas, se llenaba los bolsillos de estrellas. Sus inseparables  compañeros Telektus y Aktis lo seguían a todas partes. Juntos reían a  carcajadas, que rodaban por los valles. Algunas veces, se sentaban en la orilla del universo y esperaban en silencio la llegada del "León Alado".

Que fantástica era la vida entonces! Todo era armonía y  unidad.

Un día,  mientras dormía plácidamente en el sueño juvenil más verdadero, el ruido de barrotes, despertó a Exmovere.

- La cárcel? Porqué? Que hice? . Telektus, Aktis que pasa!  respondan muchachos !

Un oscuro  y frío silencio se hizo respuesta.

- No podrán ir muy lejos sin mí! Qué vida sería la suya, sin mis emociones? Qué idea, que acción, sobreviviría coherente a  mi ausencia? Nosotros tres, somos una unidad, no podemos vivir solos, por nuestra cuenta. El matemático  empecinado, el atleta  perfecto y armónico nutren símbolos y movimientos con la sutil esencia de las emociones. Pobre de ellos si fueran solo intelecto o movimiento! Se convertirían en seres, hipócritas, autómatas. Pobre de mi, si me dejaran solo, la estupidez invadiría cada rincón. No, no, seguramente se trata de un error o de un problema temporáneo.  Mañana podré salir  para llenar sus ojos de chispeantes estrellas, entibiar sus manos nobles, afectuosas, deslizarnos juntos, en el universo de los sentidos, desatar la creatividad, despertar las aspiraciones más profundas de la vida humana, descubrir al fin, la puerta tanto anhelada de la  inmortalidad !

Los días pasaban inmutables. Las esperanzas se esfumaban. Estaba preso. El encierro  lo asfixiaba,  lo arrastraba hacia la oscuridad. Como loco, dió puños y patadas el recinto, golpeó el corazón, gritó hasta quedarse sin voz. Doblado en dos, de rodillas en el suelo, lloró desesperadamente. Al final, exhausto, hizo silencio. Su  amigo Telektus, responsable de su prisión, conversaba con alguien.

- Ahora te sientes mejor.
- Si, si gracias. Sentí un fuerte dolor en el pecho y el corazón sobresaltado.
- Deberías consultar un médico, podría ser taquicardia o...el principio de un infarto.

Secándose las lágrimas Exmovere, continuó su defensa.

- Que infarto ni ocho cuartos! Déjame salir y verás que se te pasa todo. Aktis también necesita de mi, El está a tu servicio, pero así, estás muerto, eres incompleto, insensible, hipócrita. Infarto! si no sonríes desde hace meses! y tus ojos son opacos como el carbón, tu cuerpo rígido como la piedra y tus manos, ávidas y frías. Con el tiempo te enfermarás de verdad. Desde aquí se siente el gemir de tus vísceras que se retuercen furiosas. Te explotara el hígado! Navegarás  eternamente en el  mar bílico! No puedes vivir solo con tu razón descarnada y  calculadora, te convertirás en un  ser abominable, inhumano!  Tu pistola dejara  de funcionar! Que dirás luego, que se te terminaron las pilas!   Vamos amigo, así  te haces daño,  y lo que es peor es que lo harás a otros. Te suplico, libérame de esta prisión absurda. Se trata solo de soltar, abrirse, entregarse. No puedes ir contra ti mismo, contra nosotros mismos!



No había nada que hacer, su compañero ya no lo escuchaba y él se consumía lentamente. Las emociones marchitas, desaparecían en la oscuridad de los abismos.  El dar desinteresado, la ternura, la piedad, la tolerancia y el amor por todo lo existente se pudrían como frutos abandonados en el árbol de la vida. Gusanos y animales de todo tipo asomaban por doquier. En aquel recinto luminoso que se expandía en el universo ahora se anidaba la degradación y la muerte.
Mientras se adormecía en aquel  espacio asfixiaste, casi plano, evocó con fuerza el recuerdo más feliz. Pensó y sintió por última vez.

El Gerente de la empresa lo llamó.
-  Señor Telektus, Ud. es muy joven aún. Le confieso que al principio tuve serias dudas sobre su capacidad, pero ahora, estoy  convencido. Ud. se ha convertido en un verdadero hombre de negocios. Felicitaciones!





DETRÁS DE LA VENTANA


Las cabañas  de madera muestran sus techos nevados en  el paisaje majestuoso de la cordillera de Los Andes. No puedo evitar asomarme  por una de las ventanas.
Detrás de la  ventana  y de las cortinas blancas, está encendida  la chimenea. En el aire tibio  flota una música suave. El lugar es acogedor, simple y bien iluminado, hay aroma de café. Sobre la mesa hay frutas, tostadas y  flores silvestres. Pero no hay nadie. Me desplazo por el lugar observando los detalles  y siento un sobresalto. Estoy invadiendo el ámbito de alguien y si me descubren! Nadie puede descubrirte, al límite regresas por donde viniste!
El huésped es una mujer. Ya en el cuarto, veo sobre la cama  su bata de seda verde claro y a la orilla de la cama descasan sus pantuflas, solo un par de pantuflas! Esta sola. ¿Quién será, que hará, porque ha venido sola a este maravilloso lugar? Tal vez a pensar, a reflexionar sobre su vida, sobre su destino. En la mesa de luz hay dos libros, El jardinero  fiel y El banquero de los pobres, también unos anteojos. En la pequeña mesa frente a la ventana que muestra el paisaje como en una postal, está encendida una  computadora portátil.
No, no puedes violar su intimidad! No puedes hacerlo! Acerco mi mano al mouse, lo toco suavemente y en la pantalla aparecen las grandes letras. Desplazo la mirada para evitar leer lo que dice y miro otra vez por la ventana. Entonces surge en mi la respuesta….. Y si leyendo lo que dice puedo ayudarla, en secreto, silenciosa y  mágicamente como hacen los guías, los duendes y los magos?
Me siento en la banqueta y devoro el escrito… Lo hace bien, tiene pluma. Recorro los renglones sin respirar siguiendo el hilo de una prosa  poética apasionada…
Sé que están esperando  que les revele el contenido del escrito, pero no puedo hacerlo, no puedo porque se trata de la intimidad, de la profundidad, de esa parte de uno que llega a la superficie con la experiencia  y devanándola con cuidado  se hace cuento, prosa y poesía. Esa parte de uno que permanece escondida en los pliegues de la vida y de la cotidianidad hasta que llega su momento…y entonces se ofrece al mundo como pan caliente, como lluvia de verano, como cielo estrellado.

Escribo unas frases breves entre comillas y en cursiva al final del escrito, y en la última letra siento los mandos de las llaves girar…. Ha llegado… Me esfumo por la ventana con la sensación de la complicidad y el afecto. Puedo verla… Se dirige a la mesa, toma una manzana, la lustra en su pantalón y se mira en ella sonriendo. Al dirigirse hacia el cuarto acaricia suavemente las flores silvestres.  Ya en la computadora, masticando el fruto desplaza el cursor hasta el final  y al leer mi frase  su cara se transforma. Comprendo que lee y relee pensativa la frase una y otra vez con los ojos húmedos, hasta que suelta el llanto. La manzana rueda por el piso de madera, se seca las lagrimas y se suena la nariz diciéndose a sí misma en voz alta  -Tonta, eres una tonta! Es todo tan fácil, pero tengo tanto miedo! Su rostro se serena y en sus ojos aparece una chispa radiante al tiempo que comienza a escribir apasionadamente.  
Uds. quieren saber lo que le escribí, bueno tal vez pueda servirles como me sirvió a mí.

“Amaras verdaderamente cuando construyas con los ojos mirando al futuro… y cuando recuerdes un gran amor, deberás acompañarlo con una suave nostalgia, agradeciendo la enseñanza que llego hasta tu presente”



 


 

LLAVES INTIMAN


Vivian  en la misma casa, cerca muy cerca, pero  separados por una gruesa puerta de madera con dos cerraduras. Una llave para cada uno, como las cajas de seguridad. Para abrirla se necesitaban dos intenciones, dos voluntades. Jamás tuve acceso a la puerta del medio, nunca atravesé esa puerta. Era de ellos, era una puerta interna, intima, que nadie podía violar. Se conocían muy bien, conocían sus ciclos y sus tiempos de necesaria soledad y también el paso ligero y el tono amable de la disponibilidad. Cientos de veces he imaginado como se producían  los encuentros y también los  desencuentros…

Alguien  se acerca al limite, con la emoción de un niño que busca chocolatines, con el profundo deseo de encontrar los mandos de la llave descansando en la madera. Suavemente, conteniendo la respiración,  con   suma y silenciosa prudencia mira la cerradura. Cerrada.  Casi puedo ver el gesto obsesivo  que se desprende del giro que le  conduce de vuelta a la espera, o la disimulada indiferencia de la mirada que roza la puerta y  cambia rumbo rápidamente.
Se esperan. Se hacen sensibles como felinos, agudizan el oído, el olfato, se representan, se imaginan, se recuerdan. Se hacen más que humanos. Tienen que coincidir para  encontrarse, tienen que respetarse.
Una tarde mientras  el sol se acurruca en la tierra, alguien tocara  la puerta, la abrirá, recibirá un afectuoso saludo, conversaran, comerán,  se reirán como niños, se amaran como dioses. Mientras las dos llaves yacerán exhaustas en las cerraduras y  tendrán  su merecido descanso  por el esfuerzo de contener  la intimidad. Esa noche la puerta quedara abierta.

Por años traté de entender lo que pasaba en esa casa y en la vida de esas dos personas maravillosas que vivían juntos, pero separados en la misma casa. Yo tenía las llaves de las puertas externas, pero jamás tuve acceso a las llaves de la puerta del medio. Aunque muchas veces al llegar, encontré la puerta abierta, jamás atravesé esa puerta.

La casa tenía  un inmenso jardín rodeado de plantas frutales y flores de todo tipo. La señora lo cuidaba con mucha dedicación, pero jamás cortaba las flores que cultivaba. Para adornar la casa, trasportaba  las macetas y las disponía por todas partes -en su parte- Era una mujer activa y alegre.  El señor pasaba poco tiempo en la casa, se levantaba muy temprano y llegaba muy tarde. Muchos fines de semana estaba ausente. Hacer el aseo en la casa del señor era muy fatigoso, dejaba calcetines y ropa diseminada por todas partes. Raras veces se preparaba comida, solo calentaba el café  que yo le dejaba preparado y comía algunas galletas o fiambres que yo compraba. La señora en cambio tenía una casa muy bonita e  impecable. Hacer el aseo para ella era limpiar sobre lo limpio. Cocinaba platos exquisitos  que casi siempre compartía con sus amigos. Ella pasaba mucho tiempo en la casa. Adoraba la música clásica que ponía a todo  volumen solo  cuando estaba segura que el señor estaba ausente.

A veces se  llamaban por teléfono (había dos línea independientes) y hablaban como si estuvieran separados por miles de kilómetros, pero estaban allí, a pocos pasos de distancia el uno del otro.

Era una relación muy extraña, que superaba los parámetros de  buenos vecinos o amigos. Cuando la puerta se abría, algo mas se abría en ellos, pero duraba poco, una noche a lo sumo dos, para luego cerrarse por muchos días. Yo trabajaba en las dos casas, a la mañana en la casa del señor y a la tarde en la casa de la señora, pero lo que experimentaba en los dos lugares era diferente. En la casa del señor trabajaba con mucha eficiencia para que todo quedara perfecto, él era muy amable, pero siempre sentía  un cierto temor. Con ella las cosas eran diferentes,  me trataba de una manera muy familiar y a veces me pedía la opinión sobre algunas cosas. Conversábamos mucho y era muy tolerante con mis errores. Me gustaba su compañía. En la casa de la señora me sentía como en mi propia casa. Jamás hablaba del señor y mucho menos de la extraña relación que tenían. Era como si no existiera, pero existía. Después de dos años de trabajar en la casa dividida, había aprendido a leer en su rostro su humor, que se hacía alegre y tintinarte o serio y taciturno pero de todas maneras siempre era muy amable.
Todo siguió igual hasta que un día el señor se enfermo, tenía mucha fiebre y tuvo que quedarse en cama por una semana. Esa semana la puerta del medio estuvo siempre abierta y la señora paso todas las noches  con él. Cuando yo llegaba por las mañanas la encontraba durmiendo en el sillón al lado de la cama del señor. Era como su ángel guardián.
Con el pasar de los días y con la mejoría, ella fue tomando distancia  hasta que la puerta volvió a cerrarse. Durante algún tiempo observe que el señor dejaba su cerradura abierta. Ese era una especie de mensaje…. Todavía estoy convaleciente, cuando quieras puedes venir a estar conmigo… Pero no volví a encontrar a la señora en su cuarto.
Así,  todo volvió a la normalidad.
No me cansaba de pensar en ellos, ni aun cuando  tenía que vivir mi vida familiar, sobre en el extraño vínculo que habían tejido esos dos seres humanos tan diferentes. Lo mío era tan normal, tan rutinario. Mi marido trabajaba, los chicos iban a la escuela, yo cocinaba, hacia los quehaceres domésticos y todos nos encontrábamos a la hora de la cena. Juan me saludaba afectuosamente, se lavaba las manos y se sentaba en la mesa. Yo servía, comíamos, los niños se pelaban por el maíz, la televisión contaba siempre lo mismo. Juan cambiaba de un canal a otro. Yo levantaba los platos, ponía los niños en la cama y luego regresaba a fregar en la cocina. Muchas noches Juan me buscaba en la cama y yo tenía que acceder aunque estuviera rendida. Me concedía a él como una muñeca de goma. Él jadeaba en mi oído toda clase de obscenidades y yo pensaba en ellos… ¿Cómo harían el amor? Que fuerzas tremendas se desataban entre esas sabanas que yo  cambiaba cada lunes para tener que contener la intimidad con dobles llaves.

 




 




 

 

 



EL ANIMAL

Durante la noche, el animal empezó a rondar por la casa como enloquecido. Algo estaba pasando, algo que no era habitual, tal vez un terremoto,  algo terrible estaba por suceder. El pánico se apodero de mí y empecé a deambular por la casa revisando las puertas y las ventanas, para ver si estaban cerradas. Corte el gas y la electricidad, encendí una vela. La luz mortecina me crispo la piel, y el perro comenzó aullar como un lobo. Mi corazón galopaba, pero no podía hacer nada, solo tenía que esperar …
El animal se acurrucó a mis pies, sentí su temblor junto al mío.
A la mañana siguiente, cuando me levanté de la hamaca mecedora en la que había pasado la noche, al abrir la puerta, el perro empezó a correr hacia el fondo como en busca de la presa que nos había horrorizado durante toda la noche. Corrí detrás de él. Cuando llegué, vi al  animal jadeante y excitado que olfateaba en el suelo una extraña piel ensangrentada. Tomé un palo de escoba y me acerque cuidadosamente. Di vueltas en círculos, observando el increíble hallazgo. Las formas eran extrañas, pero parecía  humano, lo toque con el palo,  estaba inerte e inmóvil. Alguien se había quitado la piel ahí mismo! Alguien, esa noche,  como las serpientes, había mutado, en el fondo de mi casa, dejando los restos de su  pasado entre los surcos de albahaca. No podía precisar si era un hombre o una mujer; la piel magullada y  maloliente estaba hecha jirones. Confundida y sin comprender, tome la pala y empecé cavar una fosa junto a los surcos.  Si era humano, tenía que darle sepultura!  Mientras cavaba, pensé en los sepultureros, que trabajo espantoso! Cuando murió la tía Negra hace unos meses, la enterraron en un parque de descanso en las afueras de la ciudad; son lugares agradables, ese manto verde colmado de flores multicolores, inspira una cierta tranquilidad. Pensé que es mucho mejor, que los antiguos mausoleos o los nichos de frió  mármol. Tal vez morirse no era una cosa tan terrible como nos han hecho creer. Tengo una amigo que dice que la muerte “es una aventura extraordinaria que todos tendremos que experimentar”. Cuando repito esa misma frase, los que escuchan, quedan como paralizados por unos instantes, tal vez internamente intuyan que es cierto!
Cuando llegue a una cierta profundidad, me dolía la cintura. Me incorpore estirándome y observe la escena. Me pregunte si no estaba soñando. Sin perder tiempo  empuje los restos con el palo hasta que cayeron pesados  en la improvisada tumba. Mientras cargaba la pala con tierra fresca, vi a mi perro echado junto a la sepultura con aire acongojado y triste, entonces pensé que debería arrojar primero un puñado con la mano y  pronunciar algunas palabras.  ¡Bha, que tontería! ¡Si ni siquiera  sabía  de quien eran  los restos! Lancé la tierra sin mirar. Cuando  todo estuvo bien cubierto, le di unos golpes de pala y luego apisone el terreno con fuerza,  para que quedara bien asegurado. Me sacudí el polvo, me lavé las manos con la manguera, tome un sorbo, rocié un poco de agua sobre la tumba, sobre los surcos y las plantas del jardín. Con una extraña sensación de plácida  alegría, me fui a la casa.
Al entrar,  caí en cuenta que todavía llevaba puesto el pijama  y no me había lavado ni los dientes. ¡No era para menos después de semejante experiencia! Mientras caminaba hacia el baño, pensé que no se lo contaría a nadie. ¡Creerán que estoy loca! Abrí la ducha y me cepille los dientes. La lluvia tibia cayó sobre mi pecho, dándome una sensación benéfica.  Me frote con vigor con la  esponja  enjabonada y sentí una energía renovada en mi. Mientras envolvía el pelo en la toalla a modo de turbante, calcé las pantuflas y la salida de baño. Me mire en el espejo empañado. Hice un círculo y en el cristal aparecieron mis grandes ojos castaños; acerque la nariz  para ver mejor y descubrí al lado del lóbulo izquierdo de mi oreja, una herida sangrante. Estiré la mano para alcanzar los anteojos, tomé la pinza de depilar y tire de la herida, que se desprendió como piel vieja. Quedé mirando la partícula como alucinada.
Detrás de mi cara estupefacta reflejada en el espejo, apareció una figura luminosa y una voz  profunda inundó el aire:
No te asustes, alégrate y  recuerda: Quién muere antes de morir… no morirá jamás!


EL HOMBRE NUEVO

Un manto de tristeza y oscuridad cubría el mundo. Desde los comienzos de la vida muchas noches habían visto los ojos humanos, pero ninguna se parecía a la negrura reinante.  Aunque nadie pudiera verlo, la oscuridad tenía un sentido, en ella se anidaba el germen, la diminuta semilla que en su justo momento vería la luz. Generaciones y generaciones anónimas y maltrechas transitaron por la noche con la certeza que ese era el destino de la mirada humana. De nada sirvieron los relatos y los cuentos de los antiguos dioses para calmar su pena y mucho menos los espacios poblados de imágenes multicolores, promesas vacías, formaban montañas de desechos abandonados. Adentro y afuera la noche parecía perpetua.
Cuando el ser humano despertó de su largo sueño, la luna llena iluminaba la montana  y se reflejaba en el río. En la ermita de piedra a orillas del cauce descansaba el hombre nuevo. Había recorrido un largo camino para llegar hasta allí, su caballo descansaba atado al palenque.  En las cercanías aparecía imponente, casi siniestra la montaña que custodiaba el fuego sagrado.
El viento helado se filtraba por las hendijas produciendo un silbido agudo e inquietante. Los grandes ojos del hombre nuevo, brillaban en la oscuridad, siguiendo el movimiento de adentro. Lo alto, lo hondo y lo profundo. Y cuando llego a lo más alto, allá atrás, más atrás aun, vio con claridad el camino que tarde o temprano todos tendríamos que recorrer,  y entonces se alegro, se alegro, se alegro. Supo  con certeza que era una cuestión de tiempo. Descubrir lo real, el espacio  vacío,  la nada, la chispa, el fuego, y el sol que esplendería en toda la especie humana.
El viento circular e intenso alimentaba el fuego, llevando chispas por doquier. El llevo  las antorchas hasta la cima helada. Uso el recorrido más profundo, acaricio con sus manos el cielo azul, liberándose para siempre de la carcasa de piedra y hielo. Y luego desando  el camino para tender la mano a otros. Eran unos pocos, ciegos e ignorantes, pero en sus desconocidas honduras resonó el llamado y  las diminutas chispas anidaron  en sus mentes. Estaban dispuestos a la  empresa.
¿Escalar la montana por adentro? - Es una locura!! - Dijo uno.
Como revelando un secreto dijo susurrando - Conozco el camino de adentro para alcanzar la cima y abrazar al sol…
 Y luego con un timbre grave, certero y  profundo que retumbo en noche, agrego.
- Alimenten en su ser este fuego sagrado  y lleven las chispas hasta los hombres  necesitados de luz y sentido.
Él era el precursor, el explorador de la montana más alta más ancha y más profunda que jamás haya existido. Él Era el navegante sagrado que se desplazaba por el espacio sin límites, sentado en la casa de piedra a orillas del rio. Él era el hombre nuevo que abrazado a una soledad a veces desgarradora, anunciaba en sí mismo y a los 4 vientos la llegada del tiempo sin tiempo, el hombre nuevo, el dios encadenado que  habría de ser  liberado de su encierro milenario, en toda la especie humana, y entonces, solo entonces el sol seria más grande y luminoso que el sol.



“PRESENCIA”

Te reconozco, porque cada día que pasa, te agigantas en el centro, porque hilvanas heridas  que se filtran furtivas en los descuidos del tiempo.

Te reconozco porque disipas abismos, generando canales que llegan a los huertos.

Te reconozco porque extingues el fuego con brillantes azules y construyes imágenes como rompecabezas.

Te reconozco cuando caminas despacio mirándote en torno, sintiendo cada paso.

Te reconozco cuando pasas sigilosa, como vestida de seda entre los sueños del mundo.

Te reconozco cuando acaricias con guantes los espacios profundos y hablas en silencio del rumor de los otros.

Te reconozco porque a cada paso me acercas al lugar de donde provienes, ese lugar inventado, alguna vez intuido, donde se construyen los haces que convergen al centro de cristales perfectos, donde se entrelazan los hilos, los fibras que tejen los hechos, donde se componen las formas, que estallan gustosas en perfumes eternos, donde se reconoce el sonido de tonos cromáticos inexistentes, donde ráfagas de viento expanden el vacío repleto de intentos.


Te reconozco porque cuando no existo,  tu paciente ausencia acompaña mi cuerpo.









MI - SOL


Ahora es de noche, pero en el fondo de mi corazón esplende un sol inmenso y luminoso. Y es en esa luz, donde aparecen imágenes que, ubicadas de una manera " especial" se convierten en la situación misma. Con todos los matices de las sensaciones, percibidas, reales y presentes, como la mano que empuña la pluma, que escribe la letra que ahora lees.

Recuerdo mi paso que avanzaba lento. Guiado por palabras, símbolos, sonidos invisibles de tus férreas acciones. Recuerdo la esperanza que galopaba en mi interior a cada paso. Las notas de tu voz revelaban límpidas el eco de la transformación.  Afinadas, desde el YO al SOL y desde el SOL hasta MI, un mi atento pero aun ansioso, embriagado por  tonos lejanos como cantos de sirena. Allí en las profundidades la marea furiosa reclama su parte.

Un manto suave bajo del alto, se poso en mi  cuerpo, se quedo en mi vida. En la seda pura las ondas rodaron por los valles, redondas, silenciosas  hicieron sensaciones. Cabalgaron  "increscendo", con fuerza, sin garra, con ritmo, sin violencia.  Sonaron al unísono la nota más alta. Solo ahora reconozco el canto. Recuerdo   el  sol, que ilumino la seda, las ondas, los valles. Recuerdo el  estallido  profundo,  los círculos concéntricos que se multiplicaban, se expandían, se deshacían infinitos llevándose  consigo ese "mi sostenido", empecinado por ser,  donde hay que  morir para poder vivir. Entonces, no supe mas,  ni de mi,  ni de sí.

 Ho! sereno mar que naciste en mi aquel día, que como niño asombrado solté las amarras de la imaginación y deje que la música de tu obra penetrara en mi espacio. Cada nota se hizo imagen, cada imagen se hizo acción y cada pincelada cambió el paisaje hasta hacerlo irreconocible, inconfundible, humano.

Dos grandes ojos se reflejaron En el espejo, En el fondo de la pupila dilatada las últimas partículas de luz se esfumaron   furtivas. Y en el cristal se dibujo una leve sonrisa de complicidad. Ahora sé que estabas allí desde siempre.
Soplaba un viento tibio.
















El vuelo de Ana

La enfermera desconecto el aparato y con una gran sonrisa, le indico que podía vestirse. Ana se levanto despacio de la camilla y sintió que su cuerpo flotaba elevándose unos centímetros del suelo. La enfermera no advirtió lo que pasaba y Ana trato de disimular moviéndose normalmente, pero en realidad estaba aferrada con todas sus fuerzas al escritorio. Cuando se quedo sola, intento soltarse con una mano de su apoyo y advirtió que nuevamente flotaba. Con gestos casi desesperados lleno los bolsillos de su saco con los objetos de su cartera y en ella cargo unos pesados libros de medicina que estaban en un estante, entonces pudo caminar normalmente.  Ya en el taxi atribuyo el evento a las aplicaciones y a esa sensibilidad particular que se desarrolla cuando uno padece alguna enfermedad. Cuando llego a su casa, sus hijos la estaban esperando para el almuerzo. No menciono ni una palabra de lo sucedido porque no quería preocuparlos y tampoco tenía ninguna certeza que eso fuera real.  Se dijo a sí misma – son los efectos del tratamiento que según los médicos procedía con mucho éxito.
En el jardín de la gran casa Ana cultivaba plantas, flores y también algunos árboles frutales. Amaba la naturaleza y  la Madre tierra, le restituía cosas increíblemente bellas.  Unos meses atrás, de unas semillas que le trajo una prima hermana de Italia, había logrado germinar y desarrollar unas violetas de los Alpes frondosas e imponentes por su  vigor y su color violáceo intenso. Pasaba horas en el jardín observando como la vida se abría paso. Esa tarde de otoño después de almorzar, salió a caminar por el jardín y nuevamente se sintió levitar suavemente, pero esta vez no se resistió. Floto suave y ligera entre sus plantas, disfrutando de esa sensación, que casi con certeza había  experimentado en los  sueños  de su adolescencia. Fue mágico y maravilloso desplazarse con tanta naturalidad entre aquellos seres que ella misma había cuidado y acompañado en su crecimiento.
Con el pasar de los días, las cosas se complicaron porque Ana flotaba en su cama mientras dormía, de no ser por los cintos con los que se ataba para evitarlo. Un día mientras regaba las plantas vio a su hijo  mayor  observarla  atónito y con la boca abierta.  Ella, sin dejar de hacer su trabajo le dijo – Hace varios días que no toco el suelo, a menos que me ponga pesos en los bolsillos, pero sabes es una sensación tan maravillosa que no quiero que  se preocupen. - Puedo desplazarme por el espacio solo con el pensamiento y sin hacer ningún esfuerzo! El se le acerco  y la abrazo con fuerza. Atrayéndola hacia sí, advirtió la tendencia de su cuerpo a elevarse y flotar.
El tratamiento prosiguió, pero ahora sus hijos la acompañaban para no despertar sospechas de lo que le sucedía. Llegaba al hospital  aferrada por  ellos, cada uno de un brazo, hasta llegar a la camilla, para asegurarse que allí se quedaría. Ana se aferraba con todas sus fuerzas a los barrotes de metal para recibir el tratamiento, pero con el pasar de los días se dio cuenta que mientras mas permanecía aferrada, menos feliz y mas agotada se sentía. No veía la hora de llegar a su casa y entregarse a las tareas del jardín, permitiéndole a su cuerpo ser tan liviano como el aire.  Con el pasar de los meses ya flotaba a varios metros  del suelo y había veces que veía  el jardín y sus adoradas plantas mas  pequeñas, pero lograba una visión del conjunto que le parecía maravillosa. Sus hijos tenían que gritar  para que la oyeran cuando llegaba la hora de regresar a casa. Volver se había convertido en algo difícil y complicado, pero su hijo mayor  había inventado un sistema que utilizando una escalera y una especie de caña de pescar, lograba recuperarla de sus espacio y ponerla de nuevo con los pies en la tierra.  Cuando  estuvo sentada en el sillón y amarrada con los cintos, le pidió a su hijo  que llamara a su hermana menor. Así lo hizo. Les hablo con  calma y su tono de voz fue  profundo y suave a la vez.
Uno de estos días saldrán al jardín y ya no podrán atraerme hacia Uds. ni con la escalera ni con la caña de pescar. Sé que me aman profundamente, aunque hayamos tenido divergencias. Uds.  han sido toda mi vida y aunque sé que he cometido muchos errores como madre, hice aquello que creía mejor, para dales una educación y los mejores valores. Estoy segura que podrán seguir sin mí, porque son buenas personas, inteligentes y sobre todo sensibles. Quiero que sepan que aunque los amo con toda mi alma, para mi es más difícil regresar a la tierra firme, que soltar y dejarme llevar por el viento. Es tan placentero sentir el cuerpo etéreo y ligero y es tan maravilloso sentirme desplazarme por el aire sin dificultad, que voy a pedirles que me dejen ir hacia las nubes. Ahora ese es mi lugar y es allí donde quiero estar. Ellos asintieron  con los ojos húmedos pero aferrados a sus manos blancas y ancianas. Entonces agrego. - Uds. Ahora no comprenden, pero un día cuando el tiempo descienda sobre sus cuerpos y el cansancio se haga intenso, comprenderán lo maravilloso que es deshacerse de ese peso y flotar en el aire como una pluma.   Entonces les pido que me den un gran abrazo,  que jamás  olviden  cuanto los amos y que  me quiten estos cintos para que pueda elevarme hacia mi destino que es el cielo  azul infinito. El hijo mayor le quito las amarras y mientras ella se elevaba suavemente la abrazo y la beso con fuerza. La niña le acaricio los cabellos, la beso en la frente y Ana comenzó a elevarse hacia las alturas hasta hacerse diminuta, mientras se escuchaba su voz alejarse en la inmensidad. - Los amo y jamás los olvidare! Cuando me necesiten, llámenme, siempre estaré allí, a mi manera, para ayudarlos y confortarlos.  Y cada vez que sientan el viento soplar  en su rostro, aspiren profundamente  ese aire, porque en él está la vida.

















“Tiempo esencial”


Había una vez “un tiempo”, el tiempo esencial. Joaquín vivía en ese tiempo. En su memoria había muchas cosas acumuladas, historias de su vida que cada tanto miraba. En su imaginación, a veces, cuando tenía ganas, componía imágenes nuevas, frescas,  apenas hechas, pero para Joaquín lo mas importante era “el  aquí y ahora”. Allí pasaba gran parte de su tiempo, allí vivía intensamente. En ese tiempo no existía ni la prisa, ni el aburrimiento. Era un tiempo sin tiempo, ausente de temor y sufrimiento. Cuando Joaquín miraba la mañana veía la mañana; cuando miraba una flor veía una flor. El  mundo era alto, ancho y profundo,  en cada  mirada Joaquin experimentaba el tiempo sin tiempo, la esencia misma.

Un día Joaquín se olvido de si, se olvido del  “aquí y ahora”, se olvido de la esencia. Una cálida corriente lo arrastro fuera de si, deshaciendo su tiempo, disolviendo su esencia. El “aquí y ahora” se convirtieron en “ayer y mañana”. Cuando miraba una flor veía el mañana y cuando miraba la mañana veía el ayer.
El mundo era plano y gris, sin profundidad, sin volumen, el sufrimiento se insinuaba en cada mirada. Las cosas perdidas y las aun no alcanzadas, rumoreaban dentro de si.

Olvidado de su tiempo esencial soñaba despierto y sufría. Joaquín vivía o más acá o más allá de sí; vivía fuera de sí, en el pasado o en el futuro; mientras tanto se perdía el presente porque siempre estaba preocupado.
Nadie se dio cuenta de lo que le pasaba a Joaquin porque todos habían olvidado el tiempo esencial. El  aquí y el ahora eran demasiado breves para que le importaran a alguien, era invisible, casi  inexistente, tanto inexistente cuanto la eternidad.

Un día, en el ocaso de su vida Joaquín se acordó de sí. Su mirada cansada recobro el brillo, y de nuevo lo alto, lo ancho y lo profundo penetraron en su espacio. Sorprendido miro a su alrededor. Cada cosa era nueva en su vieja habitación, y cada mirada era diferente, aunque mirara cien veces la misma cosa.

Parado en  la puerta del baño, vio el cuarto inundado de luz, camino lentamente hacia su cama sintiendo en la planta de los pies descalzos el crujir del piso de madera, se quito muy despacio el saco del pijama, lo puso con mucho cuidado, en el brazo del sillón, se  sentó en el lecho, se deshizo una a una  de sus pantuflas,  se introdujo suave y pausadamente  entre las sabanas frescas, apoyo su cabeza en la almohada que le devolvió la sensación de las plumas, cerro los párpados, ablando  los músculos, respiró muy hondo y sin ninguna prisa regresó a su tiempo esencial. 








Macondo

Vengo de un país lejano, no solo por la distancia en el espacio. Es la lejanía de los sentidos, de la memoria  la que me separa de mi tierra, de mis costumbres, de mis raíces. Camino por las calles nuevas, y a cada paso advierto las diferencias. Los olores, los sabores y las  imágenes percibidas, deambulaban en mi interior como niños perdidos. Estímulos nuevos se abren paso con prepotencia. La comparación se apodera de ellos. Desorientada y embriagada a la vez percibo este extraño  lugar.
¿Cual es la realidad? La que veo con los ojos grandes como soles inundados de asombro o la que vive en mi memoria, que mira y compara, que acepta o rechaza, que juzga o aprueba
Pinceladas, trazos,  paisajes enteros plasmados en mi, sin resistencia, sin discusión. Mi cuerpo esta  embebido, impregnado. Cielos estrellados, calles sin salida, mares turbulentos, abrazos apretados, ojos tristes, zapatos nuevos, platos humeantes... Anidaron en mí ser  y se hicieron “realidad”.

No elegí la vida! Otros eligieron por mi! No elegí el lugar! Otros delimitaron la tierra! No elegí el color! Otros le pusieron valor!
Lucho, degrado, discrimino, agito la bandera y empuño el arma para defender o imponer “la realidad” que otros eligieron por mi!
Pienso en ti! Tu tampoco estabas allí para decidir, para elegir!
Déjame mirarte, déjame abrazarte.
Ahora, si tu  quieres ven conmigo, tenemos mucho que hacer!










África

La mujer  trabajaba en el campo de mandioca desde las primeras horas de la mañana. Su cuerpo joven llevaba un  colorido  pareo hecho y pintado a mano como se usa en los países del África sub sahariana. También su cabeza estaba envuelta a modo de turbante. En el campo había mucha gente pero ella se distinguía  notablemente. Era muy bella y tenía un aspecto garbado y fuerte. Sus manos manejaban las herramientas con mucha destreza y experiencia. Al mirarla más de cerca comprendí que estaba embarazada. Su vientre prominente, escondido detrás de la tela violeta con figuras de fruta tropicales, no le impedía hacer ese trabajo tan duro y agotador.
Un día la mujer se doblo en dos emitiendo fuertes quejidos. Las mujeres cercanas comprendieron lo que sucedía y acudieron para asistirla. La más anciana tomo las riendas del asunto y en una lengua incomprensible dio las órdenes. Dos muchas jóvenes salieron corriendo del lugar. Sin duda iban a buscar los elementos necesarios para el inminente parto. Acomodaron a la mujer entre las hierbas improvisando una camilla y le quitaron la ropa. Pude ver entre los matorrales el vientre oscuro y brillante que se balanceaba por el dolor. Cuando llegaron las niñas con los objetos,  una palangana herrumbrada y una vasija con agua,  la anciana se acurruco entre sus piernas,  gritando repetidamente la misma palabras, que imagino era – empuja mujer, empuja! Después de unos minutos, con mucha  habilidad la vieja  extrajo de las entrañas de la tierra  a un niño o niña, nunca supe. Cuando termino de cortar el cordón violáceo, con sus propios dientes,  envolvió al niño en unas hojas gigantescas y  lo elevo hacia el cielo,  con todo lo  que sus brazos arrugados, le permitieron, ofreciéndolo a los dioses. La mujer quedo allí  tendida y exhausta junto a su bebe mientras las demás regresaron a sus tareas. La anciana que aun tenia restos de sangre en su boca, se quedo rondando en la zona anunciando la noticia a  todos los que se acercaban al lugar. Ya era casi de noche y aun hacía mucho calor,  cuando la mujer pudo levantarse del lecho cargando en sus brazos a su pequeño hijo. Salió del campo hacia la calle de arena roja que conducía hacia el pueblo.

Pasaron varios días antes que la mujer volviera al trabajo, pero cuando lo hizo, caminaba despacio llevando a su hijo  envuelto  y amarrado a su espalda. El trabajo se hacía doblemente  difícil. La vi dejar la pala y dirigirse hacia un gran árbol en la orilla del campo, allí en  el  tronco que describía formas caprichosamente bellas encontró  la cuna, para su bebe, lo deposito con cuidado, lo tapo con el panó colorido, agrego una hojas  para disimular su presencia y regreso al trabajo.
Ya era hora de regresar. Las mujeres dejaron las herramientas en una choza cercana y se dirigieron  a sus casas. En la lejanía sentí el grito desgarrador de la madre del niño que retumbo en el campo y en el mismo cielo naranja del atardecer. Algunos corrieron para ayudarla pero la mayoría se detuvo solo un instante  a mirar, moviendo la cabeza a derecha y a izquierda,   y luego siguieron su camino. Ellos sabían lo que había pasado.   La boa había devorado vivo al niño. La mujer anciana que lo había traído a la luz, se quedo en el lugar hablando con los que pasaban. Imagino que les decía - Mañana será otro día.       





Comentarios